La reciente propuesta del arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Marcelo Colombo, de juntar a los expresidentes del país durante la visita del papa León XIV ha reabierto un debate sobre la viabilidad de la concordia democrática en Argentina.
La historia recuerda la convocatoria de Roberto Marcelo Levingston en 1971, cuando buscó abrir un «diálogo político» en un contexto de fuerte tensión social y política. Sin embargo, la ausencia de partidos políticos tradicionales en esta iniciativa evidenció una incomprensión de la dinámica política del momento. En esa época, la falta de representación política genuina y la proscriptiva situación de los partidos dificultaron cualquier intento de renovación.
La reunión de expresidentes, aunque bien intencionada, podría ser considerada un acto simbólico sin sustento en la realidad actual. A lo largo de las décadas, la imagen de los expresidentes como un grupo cohesionado que promueve la continuidad histórica del país se ha desvanecido. En comparación, naciones como Estados Unidos, Uruguay y Chile han fomentado una cultura de cooperación y respeto entre sus líderes, algo que ha resultado en una convivencia más saludable.
En Argentina, los expresidentes vivos, actualmente seis, han tenido escasas oportunidades de reunirse. A excepción de algunos eventos puntuales, la fractura política ha impedido la formación de un espacio común. La reciente convocación de Javier Milei para la firma del Pacto de Mayo resultó en una participación aún menor, con solo dos exmandatarios presentes.
La situación de Cristina Kirchner, quien enfrenta condenas judiciales, y la decisión de Isabel Perón de no regresar al país complican aún más cualquier intento de reencuentro. La propuesta de Colombo, aunque cargada de simbolismo, podría resultar ineficaz si no se basa en premisas éticas claras y un reconocimiento del contexto judicial actual.
Así, la idea de un diálogo genuino entre expresidentes, más allá de la buena voluntad, enfrenta grandes obstáculos que van más allá de lo meramente simbólico. La política argentina requiere propuestas prácticas y realistas que superen las divisiones históricas.
Fuente: La Nación











