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Piden hacer más excavaciones en la casa de Coghlan donde aparecieron los huesos del adolescente asesinado 40 años antes

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La Gendarmería detectó, con un georradar, una “anormalía” en un sector adyacente al de la excavación donde aparecieron restos óseos y objetos pertenecientes a Diego Fernández Lima, un adolescente de 16 años que desapareció en 1984 y cuyo trágico y violento final comenzó a develarse hace exactamente un año con el inesperado hallazgo durante la obra de demolición del chalet del barrio porteño de Coghlan que, a principios de los años 2000, fue alquilado por el músico Gustavo Cerati.

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Ese peritaje fue producto de medidas de prueba impulsadas por el fiscal Martín López Perrando para dar nuevo envión a la investigación del asesinato del chico y para determinar qué responsabilidad podría serle atribuida por ese hecho a Cristian Graf, actual propietario de la casa en la que vivía hace 40 años, cuando Fernández Lima −que había sido compañero suyo en la secundaria− desapareció de la faz de la tierra.

En virtud del hallazgo de esa “anomalía” en el jardín de la propiedad, el representante del Ministerio Público recomendó realizar nuevas excavaciones. La semana pasada el juez Alejandro Litvack había dictado decretó una “medida de no innovar respecto del subsuelo y superficie de la totalidad del patio trasero del inmueble ubicado en Avenida Congreso 3742, por el término de 60 días”.

Según se informó en el sitio de la Procuración General fiscales.gob.ar, “el informe pericial fue elaborado por integrantes de la División Prospección Geofísica de la Dirección de Criminalística y Estudios Forenses de la fuerza federal a partir de tareas desarrolladas el 4 de mayo pasado en el inmueble”.

El objeto de esa auscultación era el de “profundizar la búsqueda de posibles restos óseos faltantes y de otros elementos de interés para la investigación”. Con el georradar, los especialistas identificaron una anomalía geofísica en un área lindante con la medianera derecha del terreno. En función de ello, recomendaron realizar una verificación directa mediante excavaciones controladas para determinar la naturaleza del elemento detectado en el subsuelo.

De las tareas periciales, además de los especialistas de la Gendarmería, de la Policía de la Ciudad y de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°61. participaron integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), institución que el año pasado tuvo a su cargo la revisión de los restos para dilucidar su identidad y para determinar si había signos de criminalidad: tuvieron éxito en ambas tareas.

Reinicio de la pesquisa

El expediente tomó nuevo impulso a partir del 28 de noviembre pasado, cuando la Sala IV de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional revocó el sobreseimiento de Graf, único imputado en la causa.

Ese tribunal consideró “prematura” la decisión adoptada previamente por el juez Litvack y ordenó retomar la investigación desde sus etapas iniciales. En ese sentido, dejó sin efecto el criterio que había encuadrado los hechos únicamente bajo la figura de encubrimiento y sostuvo que la pesquisa debía orientarse directamente sobre la hipótesis del homicidio de Fernández Lima.

Los camaristas remarcaron, además, la necesidad de “agotar todas las líneas investigativas pendientes para esclarecer las circunstancias de la muerte y desaparición de la víctima”, informó fiscales.gob.ar.

Cuando apeló el sobreseimiento dictado en octubre por Litvack, el fiscal López Perrando dejó constancia de “su convicción de que en el domicilio del sospechoso habían asesinado al adolescente desaparecido en 1984″.

Sostuvo: “Existe una afirmación insoslayable y es que Diego Fernández fue asesinado tras ser atacado con un elemento cortopunzante, luego se lo intentó desmembrar para ocultar el cadáver y finalmente fue ocultado a partir de su enterramiento en los fondos de la vivienda habitada desde aquel entonces y hasta el presente por Norberto Cristian Graf”, señaló en ese momento.

Lo que se sabe

“El Gaita” Fernández Lima tenía 16 años cuando desapareció, la tarde del 26 de julio de 1984. Aquel día volvió del colegio, almorzó con su madre y le pidió dinero para tomar el colectivo; le dijo que iría a visitar a un amigo.

Un conocido lo cruzó en la esquina de Rómulo Naón y Monroe, en Villa Urquiza, y lo saludó. Fue la última vez que alguien recordó haberlo visto. Nunca llegó a la clase de la tarde en la ex Escuela Nacional de Educación Técnica (ENET) N°36, entonces ubicado en las calles Ballivián y la actual Combatientes de Malvinas (ex Donato Álvarez en ese tramo de Villa Ortúzar).

Alrededor de las 20.30, como el joven no volvía a casa, sus padres, Juan Benigno Fernández e Irma Lima, fueron a la entonces comisaría 39a. de la Policía Federal para reportar su desaparición; en la seccional asentaron el caso como una presunta “fuga de hogar”.

Así comenzó una búsqueda con panfletos pegados en el barrio, al tiempo que trataron de visibilizar su desaparición en los medios de comunicación. Su padre dio una entrevista por el caso en 1986. Nunca dejó de buscarlo, a pie, en bicicleta, en auto; murió sin saber qué había sido de su hijo. Por su parte, la madre del joven y sus hermanos aún lo buscaban.

El velo que cubrió durante décadas el destino trágico de Diego Fernández Lima comenzó a descorrerse hace exactamente un año, el 20 de mayo pasado, cuando un grupo de obreros levantaba una pared medianera en la casa de avenida Congreso 3748, que había sido propiedad de la artista plástica Marina Olmi -hermana del actor Boy Olmi-, y que había alquilado a Cerati entre 2002 y 2003. Mientras trabajaban sobre el muro se produjo un desmoronamiento de tierra desde el jardín del chalet lindero, de Congreso 3742, donde vivía desde los años ’70 la familia Graf.

Los obreros le avisaron del hallazgo a una de las dueñas de la vivienda lindera -hermana de Cristian Graf, que había sido compañero de Diego Lima en segundo año de la secundaria-, al tiempo que un vecino dio aviso a la policía. Así, la investigación recayó en la fiscalía a cargo de López Perrando, quien dio intervención al EAAF.

Al analizar los 151 fragmentos de huesos hallados, los especialistas determinaron, primero, que correspondían a un varón joven. Luego pudieron establecer que ese adolescente había sido asesinado de una puñalada en el tórax que dejó una marca en su cuarta costilla derecha. También advirtieron que, tras el crimen, alguien intentó desmembrar el cuerpo, aunque sin éxito. Tras ello, el o los homicidas lo enterraron en una fosa de 60 centímetros de profundidad improvisada en el jardín de la casa.

Los hallazgos junto a los restos óseos resultaron determinantes. Había una moneda japonesa, un reloj con calculadora Casio -fabricado en Japón en 1982-, un llavero flotante naranja con una llave, una ficha de casino, la hebilla de un cinturón, la suela de un mocasín talle 41 y una corbata tejida de uniforme colegial. Estos elementos brindaron indicios sobre la edad de la víctima y permitieron fijar la década del ’80 como la época en la que se habría cometido el crimen.

La difusión mediática del caso llamó la atención de un sobrino de la víctima, que sospechó que el NN enterrado en Coghlan podía ser su tío desaparecido hace 41 años. Incluso habiendo pasado tanto tiempo, en la familia Fernández Lima la inconclusa historia de Diego era tema permanente de conversación, incluso para aquellos que nunca habían llegado a conocerlo.

El dato del reloj Casio con calculadora fue determinante. Familiares de Diego se presentaron en la fiscalía. La madre del adolescente aportó una muestra genética; el cotejo con el ADN extraído de los pocos restos hallados dio positivo y permitió su certera identificación cuatro décadas después del crimen.


Fuente: La Nación

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